Sábado, 25 Nov. 2017

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Frankspain

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Frankspain

Cuando Victor Frankenstein contempló su engendro, obnubilado por la proeza, no fue capaz de imaginar el daño que éste podía producirle. Después de todo, aquella criatura encarnaba la superioridad de la ciencia, la arrogancia del hombre frente a la naturaleza, la sed de gloria, y cierta soberbia hija del poder.

España se encamina hacia las mismas oscuridades.

Un siglo y medio después de la muerte de Mary Shelley, y en este plano -el de la realidad- españoles locatarios y visitantes, nos encontramos boquiabiertos frente a nuestra criatura. Como el científico, caemos en la tentación de sacralizar lo obtenido, sin reparar en que construimos en el aire, sobre ningún cimiento.

Nuestro engendro es español, signifique lo que signifique eso; es europeo por invitación, aunque sostiene opulencias de anfitrión; es monárquico-borbónico, pero odia a La Realeza; es cristiano-pecador; neoliberal-intervencionista; moderno-pacato; integrador-xenófobo...Nuestro monstruo se nos parece demasiado.

Podríamos achacarle la culpa de las desgracias que nos toca padecer, si no fuese porque lo hemos creado a nuestra imagen y semejanza. Ante todo, nos ha hecho creer en el concepto "libertad", irrenunciablemente unido al de "prosperidad". La libertad para prosperar, se llama neoliberalismo. Y es ese, el sistema que nos ha llevado hasta este contexto.

La España de los recortes ya está aquí. Eso no sería nada: la derecha más recalcitrante, ignorante y retrógrada de Europa, acaba de ser legitimada en las urnas y gobernará este país durante la siguiente legislatura.

El hartazgo ante la situación laboral, el desencanto por la clase política, el aburrimiento ante el análisis y una gran dosis de desconocimiento de los mercados financieros, han sido las piezas con las que, los ciudadanos, construimos nuestro monstruo.

Hemos elegido y pensado con la arrogancia del científico, priorizando nuestras medallas por encima de los resultados obtenidos colectivamente. Frente a nosotros, una disparatada maquinaria superpoderosa, se erige en grado de omnipotencia política. En su naturaleza -que es la nuestra- la soberbia aparece pura.

Nada gusta más a los aparatos políticos derechistas (serviles a las corporaciones, los intereses espurios, y los especuladores financieros) que contar con el aval de una gran mayoría de obreros obtusos. Obreros sin convicción -en eso consiste ser de derechas- y lo suficientemente manipulables para creer que los mismos que nos han metido en esta crisis, van a sacarnos de ella sin pedir nada a cambio.

Para el poder económico, cada crisis representa una doble oportunidad de ganancia. Primero, al crearla, hacen sus apuestas conociendo los titulares de mañana. La supuesta "incertidumbre" diaria, no es más que la expresión de una codicia sin límites, que cada jornada se superpone a los intereses de los Estados, la democracia, e incluso las vidas humanas que sufren sus consecuencias. Segundo, al apaciguarla, requieren para sí dineros, empresas públicas, y hordas de privatizaciones irregulares.

Esa es la gente que gobierna -de verdad- el mundo. Estos fariseos del siglo XXI, despojados ya de identidad nacional, de historia, de ADN propio. Tal vez por eso sea tan paradójico que el Tercer Reich esté sustentado por sus antiguos enemigos, y hasta sus víctimas. Pero claro, el Tercer Reich no necesita balas, ni bombas. Aparecen solas, luego de un efectivo condicionamiento democrático/ideológico/monetario.

Pues la estrategia de la derecha es des-unir, enfrentar, canjearle a cada ciudadano su historia y su identidad, por la promesa absurda de una prosperidad ficticia. Curioso desatino: para las corporaciones, la prosperidad no está en las aulas, sino en las casas de electrodomésticos. Hay más de diez millones de españoles que suscriben esta forma de convivencia y desarrollo social. Debemos empezar a estar muy alerta.

También debe decirse que el egoísmo y la falta de humanidad que regularmente achacamos a los altos ejecutivos de Standard & Poor´s o Moody's, o a las lacras del Fondo Monetario Internacional, está haciendo escuela y germinando lentamente entre nosotros, los mortales.

Hace algunos días, en Huelva, el Colegio de Educación Infantil y Primaria Manuel Siurot de La Palma del Condado, pidió a los padres que contribuyeran al centro donde estudian sus hijos, donando un rollo de papel higiénico.

Evidentemente, se trata de una medida aplicada en tiempos de crisis. Esa crisis de la que debemos salir todos juntos, aportando lo mejor de cada uno. No lo peor. Más allá de que, luego, el asunto fuera tildado de "confusión", vale la pena un pequeño análisis ante el hecho.

Pues bien, aparecían allí algunos padres (bastantes), por supuesto indignados -como se estila- argumentando que un niño "no gasta un rollo de papel higiénico entero", que "es una vergüenza que el centro tenga que pedir esto a las familias" y que "la Junta de Andalucía debe tomar cartas en el asunto".

Dejando de lado consideraciones políticas y/o administrativas respecto al centro, ¿nos hemos vuelto todos locos?, ¿o estaremos aprendiendo rápido las estrategias de la tecnocracia?

Ubiquémonos en un extremo: un paquete de 6 rollos marca Foxy cuesta, en Hipercor, 3,96€. O sea, 0,66€ la unidad. Ahora pensemos juntos algunos ejemplos en los que sea probable o admisible gastar esa cantidad, o superior, en cualquier momento del mes.

He aquí algunos datos: Un café cuesta un promedio de 1,20 €; un Kinder sorpresa, 1, 20 €; un paquete de cigarrillos, alrededor de 4 €; una tableta de chicles, más de 2, 30 €; la revista Hola, 2, 50 €; la revista Lecturas, 1, 80 €; el diario Marca, 1 €; un bote de shampoo Herbal Essences Puntas Sedosas, con extractos de frambuesa roja y seda, de 300 ml, 3, 30 €; una lata de cerveza, alrededor de 0, 70 €; un bolígrafo Pilot BPS-Gp, 0, 90 €; un recambio de ambientador Ambipur Aqua Frescor Natural, 3, 59 €. Y millones de ejemplos más. ¿Recuerdan? A nuestra imagen y semejanza.

Por eso, la estrategia de la derecha que gobernará el país será, justamente, separarnos, sacar el costado más insolidario de cada uno. Convertir el onanismo social, en modelo de convivencia. No debemos permitírselo.

Nadie está hablando aquí de Rajoy. El pobre ya tiene demasiado con ser un incompetente al que este asunto de gestionar un país, le queda demasiado grande. Pero sí parece ser cierto (allí están las cifras y los datos para probar que no es una ocurrencia personal), que hay formas de administrar un Estado, supeditándolo en mayor o menor medida, a las exigencias de los poderosos que -desde luego- son siempre siniestras y perjudiciales para los pueblos.

España sufre la misma patología que Europa. Pero, como Frankenstein, está obnubilada por su genio. La verdad es que nadie quiere ser europeo, ni español. En todo caso, debería aplicarse aquí el mecanismo del fan, que funciona por dos factores: identificación y aspiracionalidad.

Es muy difícil identificarse con un país que sigue sin construir identidad. Y tal vez por eso son/somos como son/somos. Algunos, los que piensan que el Estado debería funcionar como un hotel all inclusive, no hacen más que cantar alabanzas y desear reencarnar en un alemán. Lo que hay que decir es que, con sus buenas y malas cosas, los países a la vanguardia de Europa albergan pueblos fuertemente enlazados por una historia y una identidad colectiva, continuamente reivindicada. Aún siendo liberales, esta característica se mantiene.

Nuestro monstruo no tiene historia. La derecha española pretende emular a Qin Shi Huang. Como si no los conociéramos de nada, quieren erigirse como el principio de la historia. Por eso se insiste en hablar de "España" (nombre espeso, nebuloso, con tantísimas interpretaciones y niveles de aceptación) antes que hablar de "Nosotros".

Al mismo tiempo, nadie aspira a ser como las gentes de estas tierras. Constituimos un ejercito de quejosos a la enésima potencia. Es todo lo que hacemos. Despotricar. Insultar. Externalizar la culpa. Y, desde luego, repetir lo que vomita la televisión. En este país no se incentiva la inteligencia y la crítica social, salvo en los casos en los que se pregunta quién y por qué tiene la culpa del fiasco del Ferrari de Alonso. Para el inmenso cúmulo de otros asuntos, se estimula la pasividad.

De esta manera, el monstruo que hemos construido con orgullo y arrogancia, fagocita nuestro título de científicos. O -para el caso- la estructura política está diseñada para abolir nuestra condición de ciudadanos. Viviendo en un contexto donde el sufragio no es obligatorio, el establishment lo tiene aún más fácil.

Pese a que sabemos lo que se viene (o lo imaginamos), ya estamos buscando el cojín más cómodo para acomodar nuestro culo, mientras se desata la revolución. ¿Cuál?

El problema no empieza y termina en un copago sanitario, por ejemplo. Sino en la organización psico-física del obrero que vota un plan que la incluye, con la convicción de que esas medidas, sumadas a otras aún peores, podrán devolverle su derecho a cambiar de coche cada dos años. Las medallas de cada uno, antepuestas a los trofeos colectivos.

El monstruo comienza a dar sus primeros pasos, y ya da muestras de su perversidad. Es tarde para desactivarlo, pero no para condicionar sus movimientos. La unión sincera de todos nosotros, junto con la memoria y el pensamiento pueden ayudarnos a gestar una nueva criatura. Una que pueda enfrentar al engendro, en nombre de la mayoría.

El comienzo es dejar de lado la arrogancia y la soberbia que hemos exhibido en los últimos años, por obra y gracia de nuestras tarjetas de crédito.

Dependerá de cuánto seamos capaces de aprender en esta etapa de crisis.