Sábado, 25 Nov. 2017

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Estás en Opinion El del trabajo sucio Prohibido girar a la derecha.

Prohibido girar a la derecha.

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Se es de derechas por ignorante, o por mala persona.

Para no irrumpir aquí como un déspota, y evitar que piensen que saco conclusiones universales de la galera -al estilo Carmen Posadas- trataré de explicarme lo mejor posible.

Nefastas han sido, y son, las alegrías que comparten con igual entusiasmo los pobres, los casi pobres, los medios, los medio ricos, y los ricos. Entre ellas el fútbol, sus ídolos y sus violencias; alguna prensa panfletaria; el catolicismo y -desde luego- una desmesurada confianza en la Democracia.

Sentirse de derechas es sufrir una patología que lleva a ciertas personas a creer que el acopio es una condición innata al ser humano. Luego, merced a un proceso complejo de desconocimiento del entorno, preconceptos y ambiciones, el enfermo llegará a la siguiente conclusión: quién más tiene, más es.

Hagamos, por favor, un ejercicio de honestidad colectiva: ¿Alguien cree realmente que este mundo globalizado, comercializado, que hipoteca su futuro al capricho de unos poquísimos, que mata centenares de personas al día por hambre, que genera unas desigualdades tremendas de acceso, de trato, de garantías, que coarta la calidad educativa de los jóvenes, que moldea sueños y expectativas, que nos reduce a meros consumidores, funciona perfectamente?

Cada día, el modelo en que estamos inmersos da muestras de su incapacidad para cobijarnos a todos. Por eso, esta maquinaria siniestra expulsa del sistema a quienes dejan de serle funcionales. Al mismo tiempo, genera a través de los medios una humareda espesa que se nos impregna: una niebla cargada de miedos, de ideas masticadas, de fobias. La fobia a la pobreza y el miedo al diferente, son quizás las de más profundo calado.

De modo tal que los ricos defienden aquello que han acopiado, por sobre cualquier otra cosa. La dignidad y el reconocimiento social -sin hablar de las posibilidades de impunidad jurídica- que obtienen con sus bienes, los convierte en auténticos defensores del neoliberalismo. Para ellos, no se trata de Rajoy, Aznar, Berlusconi o Gadafi: son puestos menores en esta verdadera cadena de pagos que administra el capitalismo. Se limitan a defender las condiciones que hacen posible la liberación de mercado y la no regulación estatal en estos asuntos. Si es que aparecen factores de conflicto, los neutralizan, ya sea manipulando a la sociedad a través de los medios masivos, o directamente financiando dictaduras sangrientas que eliminen la entropía.

Para este grupo, la democracia es un engendro, un holograma, cuyo carácter ficcional posibilita que las personas -llamadas ciudadanos a efectos electorales- confundan el compromiso con el futuro de sus naciones, con la defensa a ultranza de un conjunto de leyes permisivas para la perpetración de ciertos objetivos comerciales. El grado de beneficio de éstas, estará determinado por la ideología de los gobiernos electos. Pero, como se ha dicho, el estandarte bajo el que se gobierne un país, les es indiferente.

Estos son los empresarios, los banqueros, los señores del poder, los que verdaderamente ganan dinero especulado con la necesidad de todos. Estos son los que rebajan el Dow Jones, ponen precio al Brent, y (desde Manhattan) establecen las primas de riesgo. Estos son los que nos llaman “el mercado”; son los que se cagan en ti y en mí, amigo lector.¿De verdad crees que van a defenderte?

Venimos hablando hace algunas semanas del papel de la clase media en el transcurso de la historia. Hemos visto cuáles son sus verdaderos valores y cuáles los motores que la impulsan. Básicamente, hablamos de su desmesurada ambición en pro de sí misma. Cualquiera de los integrantes de la clase mierda traicionaría a otro de igual condición, siempre y cuando el cheque tenga escrita la cantidad adecuada.

El mundo está pensado para los integrantes de esta fauna. ¡Cómo no lo va a estar, si son los que consumen! Lo hacen con verdadera fruición, buscando diferenciarse de los demás; son los soñadores del glamour, los compradores de Hola, los fanáticos de los relojes caros y los coches rápidos. Son los defensores de las injusticias, los que miran para otro lado mientras se cometen atrocidades, y los que encienden sahumerios cuando el aire huele a sangre y pólvora.

Su ética está regida por los absurdos preceptos del catolicismo hipócrita. Durante el día, pisotear las cabezas de cuantos sea necesario con el afán de conseguir un coche más moderno; por la noche, bendecir los alimentos, rezar el Padrenuestro (incluida la parte de “no nos dejes caer en tentación”), pedir que la Misericordia se derrame sobre aquellos a quienes pisoteamos durante el día, Gracia infinita para quienes viven en territorios donde reina la pobreza -a los que llaman “putos inmigrantes” la mayor parte del tiempo- y tantas otras conductas bipolares.

Su culto es a Dios, para evitar la vergüenza de confesar que su verdadero ídolo es el papel moneda. La crisis que tanto mentan, los afecta no solamente en su capacidad de compra, sino psicológicamente, al sentir que esta merma en el consumo los aleja de la etiqueta de ciudadanos perfectos que creían llevar con hidalguía. Y harían lo que fuera por recuperar tal prestigio. ¿De verdad crees que van a defenderte?

Por último -lamentablemente- encontraremos a los pobres, las verdaderas víctimas de este sistema; quienes sufren mientras los ricos y los medios celebran sus orgías consumistas.

La vulnerabilidad de este colectivo, los enfrenta diariamente a la hipocresía e insolidaridad de una sociedad encerrada en su onanismo, como para asistir a aquellos que verdaderamente necesitan.

Con esperanzas mermadas, pero innatas, el pobre no hace otra cosa más que creer y esperar. Gracias a esa naturaleza es que el mundo sigue siendo un lugar seguro para 1/3 de la población (la que compra), cuando estaría perfectamente justificada la rebelión de los outsiders, de los expulsados.

Y sin embargo, son el grupo social más visitado: el FMI, la FAO, las ONGs, todos están “profundamente preocupados” por la situación de miseria global. Nada más que preocupados. ¿Sabrán que preocuparse implica pre-ocuparse?¿Lo sabrán los políticos populistas, que necesitan su foto en barrios carenciados, abrazando efusivamente a un señor con overall un tanto ajado? ¿Lo sabrán los católicos, que piden misericordia para ellos en la iglesia, y en la esquina ya los desprecian?

La limitada posibilidad de acceso al sistema educativo, sumado a miles de otros factores que parecen fácilmente solucionables desde los despachos ministeriales, pero que son -sin embargo- decisivos en la cotidianidad y el tránsito de este grupo, hacen de “los pobres”, esa plataforma sobre la que todo parece estar permitido.

En su nombre, se manipula a los espectadores, se recauda dinero para supuestos mecenazgos, se realizan acciones de propaganda, se moviliza en nunca-claro dinero de las Organizaciones sin fines de lucro.

Si son justamente los pobres las víctimas de esta sociedad tan injusta; si cada vez tienen menos voz, ¿de verdad crees que pueden defenderte?.

No creo haber descrito nada ajeno al conocimiento público: que los ricos defienden lo suyo con uñas y dientes porque sólo les importa ser más ricos; que las clases mierdas especulan y sueñan vivir como los ricos (estando realmente más cercanos a los pobres); y que los pobres hacen lo que pueden, y son carne de cañón para cualquier especulador con buen manejo de palabrería.

Todo el mundo es consciente de esto. Así que el diagnóstico es compartido por la enorme mayoría de la denominada opinión pública.

Si la aplicación de políticas neoliberales: recortes, privatizaciones, infra empleo, especulaciones bursátiles, etc., y sus consecuencias: despidos masivos, quiebre de empresas, suspensión de la cadena de pagos, aumento de los índices de pobreza, y mucho más, traen aparejadas una serie de injusticias evidentísimas, un escalonamiento de personas en grado de 1º, 2º, 3º y 4º clase, un incremento de la imposibilidad de acceso a servicios, un aumento de la inseguridad, una disminución del consumo, una saturación de la sanidad y la educación pública, y muchísimas otras circunstancias que podemos reconocer y -aún así- existen seres humanos capaces de apoyar este modelo, es únicamente porque están especulando en su propio beneficio.

Piensan en su derecho a prosperar, como asunto primordial. O sea que poco les importa su país, el bienestar general, o el sentimiento de nación; o sea, pretenden escalar hasta la cúspide de la sociedad, pisoteando a cuantos fuere necesario; o sea, concebirán la educación no como fin en sí misma, sino como posibilidad de acceso a prestigio y bienes; o sea, son un grupo de potenciales sicarios.

Porque, repito, saben perfectamente cuáles son las repercusiones que implica el modelo que defienden y votan. Si eligen ignorar los innumerables conflictos bélicos, sociales, sanitarios, educativos, medioambientales, políticos y económicos que acarrea, en nombre de su propio peculio, merecen ser llamados hijos de puta, aunque luego se golpeen el pecho pidiendo respeto.

Reconocerás siempre, amigo lector, sus disfraces de canalla. Sentados a tu mesa, se darán el lujo de llamarse “pobres”, mientras el segundero de su reloj importado los delata segundo a segundo. Luego, se tomarán su tapa de calamares y su cerveza, pagarán los 5€ de la cuenta, y se irán a otro barete a gastar otros tantos euros, siempre llorando por la miseria que nos envuelve.

Esta clase de bufones abundan en España y en cualquier lugar del mundo. ¿Para tanto es? ¿Tan grave es la crisis en el primer mundo? ¿Tan profundos son los conflictos étnicos? ¿Tan escandalosa es la inseguridad? Pues, para estas mentes, estamos al borde de ahogarnos en mierda. Siempre. Salvo, claro está, cuando gobierna la derecha.

Curioso es también escucharlos ejercitar las neuronas tratando de exhibir un atisbo de razón. No digo “escucharlos pensar” porque no llegan a tanto. Si hablas con alguno de estos engendros sociales, e intentas explayarte en razones, datos, pruebas, estadísticas, siempre defenderán su fascismo con argumentos de este calibre: “Si no te gusta, vete a Cuba”, “Los musulmanes son todos unos terroristas”, “Los inmigrantes vienen a robarnos el trabajo”, “Aznar sí que pensaba en la gente”, y una larga lista de estupideces que constituyen la médula espinal de su morfología.

Pero tengamos una visión más cenital. Si algo propugnó la globalización, fue un enorme país regido por las leyes de mercado. Dentro de ese Estado, los Gobiernos Nacionales serían meros Ayuntamientos, simples trabajadores administrativos a la espera de órdenes.

Porque una cosa es clara: aquello que nos ha metido en esta crisis, no fue la socialdemocracia, ni la izquierda marxista, ni las políticas comerciales solidarias; fue, precisamente, el sistema capitalista fluyendo fuera de control. Sin embargo, se las ingenian para echarnos la culpa a los ciudadanos de a pie, por no ser lo suficientemente fieles al fundamentalismo doctrinario.

Pero -al menos- admitamos una cuestión: la coyuntura en la que estamos hoy, vivencia la crisis del capitalismo neoliberal, no la crisis del intervencionismo estatal, de la regulación de mercados, o del anarquismo de los consumidores.

Hay que recordar, cada tanto, que el Estado no tiene que ser eficiente, sino eficaz.

Es infinitamente más lógico, natural, e intrínseco al ser humano, vivir en una comunidad (en una común-unidad), donde el trabajo sea colectivo y los avances, las posibilidades, y hasta el alimento sea compartido. Donde la medida de destaque social sea el talento, la capacidad de razonar, los descubrimientos que hacen mejor la vida de una colectividad. Donde las recompensas no sean en metálico.

Quitemos de estos asuntos al PSOE, a Zapatero, o a Hugo Chávez. ¿No parece un tipo de vida mejor? ¿No suena más justa la “dictadura del proletariado” que la ilusoria libertad del neoliberalismo global? ¿Es justo que 2/3 de la población mundial viva excluida, mientras la parte restante se llena de victimizaciones superfluas?

Alguien podrá decir: “las cosas están planteadas así, yo no puedo cambiarlas” o “yo no le hago mal a nadie, únicamente me dedico a trabajar”. Pero lo cierto es que juntos podemos impulsar el nacimiento de un modo de vida que sea mejor para todos. Un sistema solidario, inclusivo, donde se priorice al individuo como tal, y se le brinden educación y entornos de excelencia.

Se vienen fechas importantes, y podemos hacer mucho al respecto. No se trata de votar entre PP, PSOE, BNG o cualquier otro Partido; se trata de pensar en qué modelo queremos crecer; cómo es el sistema en el que podemos establecer una convivencia digna, tener unos referentes merecedores de admiración, desarrollar la inteligencia. Ser más libres.

Habrá quienes apuesten por un Estado y un Gobierno incluyente. Será un plan arduo, agotador, dantesco; quizás, inacabable. Pero también, un proyecto donde la suma de las individualidades esté al servicio de todos, o al menos de la mayoría. Se llamará como lo nombremos, y hallaremos a los líderes dentro de nosotros mismos.

Hace mucho tiempo que esto dejó de ser una utopía, para convertirse en la solución.

Pero habrá quienes sigan poniendo trabas, ya sea en nombre de sus riquezas, o en nombre de sus ambiciones. Estos seres, que piensan únicamente con el bolsillo, son la antropomorfización del pasado, de lo retrógrado, de lo obtuso. Son hijos de su codicia, o de su incapacidad para interpretar la realidad.

De nuevo: se es de derechas por ignorante, o por mala persona.

Ojalá que los buenos hagan triunfar a los buenos.