Martes, 16 Apr. 2024

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Democracia y Terrorismo

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Se hace duro convivir con el terrorismo -esa forma salvaje de totalitarismo, sea de culebra o cuarto creciente- pero aun sería más duro el terrorismo de Estado, ya vivido por nosotros y bañado de sangre reciente en nuestras ajadas memorias.

No puedo evitar recordar el caso paradigmático de aquel agente de seguridad del Estado, conocido torturador amparado por la ley del más fuerte, que fue primado durante un Gobierno de Aznar por haber sido asesinado -ajusticiado, dijeron algunos- por ETA.

Terroristas son llamados, también, quienes luchan y mueren por valores democráticos en estados totalitarios.
Por sus derechos y garantías personales, es en las democracias donde mejor arraigan quienes quieren acabar con ellas. Los demócratas no necesitamos matarlos, ni siquiera derrotarlos; nos basta con desactivarlos y encarcelarlos.  
 

DEMOCRACIA 
Tras las últimas elecciones, se alabó el creciente bipartidismo y el grado de participación en las urnas; al parecer, fueron una auténtica celebración democrática, pese a que ETA volvió a asesinar a una persona inocente.   
Conejos bajo la boina:  
 

      1)El bipartidismo también puede llevar a la ingobernabilidad del Estado- o a las alternancias decimonónicas que nos condujeron al desastre- si ninguno de los dos partidos alcanza mayoría absoluta.

      2) Un@ de cada cuatro ciudadano@s con derecho a voto no quiso ejercer ese derecho.

      3) El terrorismo sigue determinando el cese de las campañas electorales.

      4) El Partido Popular podría barrer en todo tipo de elecciones el día en que decida convertirse en partido de centro y gobernar como tal. Pero, para eso, tendría que extirpar el integrismo totalitario que anide en su seno, perder masa crítica por su banda derechona (ésa, bronca, que llevan mimando durante todas las legislaturas democráticas) y ganar tajada bastante en el centro no politizado. Pero no lo conseguirá mientras acepte la mordida de un colchón de agua tenebrosa, se niegue a dar el salto sin red y continúe aceptando su rol de post adolescente resabiado, mimado y pagado de sí mismo. Parecen decididos a cambios de look sin mojarse ni un pelo.  
       
Sorprende, sorprende, sorprende que aun exista cierto ángulo de visión entre tanto obstáculo mediático y propagandístico de cartón piedra.  
 
A salto de sorpresas podríamos llegar a la conclusión de que nuestra democracia no es tan fuerte como quiere hacernos creer el discurso político habitual. Eso debe ser lo que nos mueve a much@s a seguir yendo a votar; pero no es el espíritu de victoria lo que alienta nuestro voto, sino el miedo a que la enorme distancia entre las formas de gobernar de los dos partidos más votados pueda degradar sensiblemente nuestra convivencia, erosionar una democracia recién llegada a la madurez, acabar con nuestro desarrollo en aras de un crecimiento económico generador de pobreza para nuevas capas de la población.  
 
Creo que l@s ciudadan@s hemos avanzado más que l@s polític@s y los medios de comunicación a su servicio. Nosotr@s SÍ sabemos que debemos evitar que el gobierno (municipal, autonómico o estatal) pueda conseguir una mayoría absoluta, pues sería suficiente para acabar con nuestras expectativas más razonables: convertiría su organización en una expedidora de corrupción a la carta y gobernaría contra la mayoría de la población. Tenemos experiencia: algunas de tales mayorías nos dejaron un regusto montaraz, a dictadura anacrónica, y hemos tenido que padecerlas sin remedio durante años. Y, encima, pagando a quienes nos despreciaban.  
 
Nos gusta el mestizaje de ideas, contaminarnos con las diferencias. Valoramos la integridad, despreciamos el integrismo y el endiosamiento. El acuerdo - no crispación ni arrogancia -  entre distintos y distantes es nuestro mecanismo de defensa, nuestra única esperanza viable para presente y futuro. Necesitamos partidos minoritarios dispuestos a pactar, llegar a acuerdos razonables sin que nadie se sienta perdedor, tener cordura bastante para no intentar asfixiar al oponente.  
 
Creemos que ha llegado el momento preciso para cambiar una ley electoral que los deprecia y castiga más allá del grado razonable; que también ha llegado para convertir el Senado en la Cámara Territorial que impone nuestra Constitución, esa Ley de leyes que a nuestros diputados y senadores parece tan intragable modificar como cumplir. ¡Ea!, caballeros electos, apuesten por la madurez de que hacen gala sus conciudadanos de a pie, esos, ¡hay que ver!, a quienes ustedes no permiten introducir en las urnas la papeleta de voto.  
Continuará...

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